Cuando desperté y miré la hora en el móvil, grité al cielo. De nuevo, la alarma había caído derrotada ante el sueño.
Salté de la cama, tirando las mantas al suelo de un manotazo. Abrí el armario sin mirar y cogí lo primero que encontré. Con los pantalones aún a medio subir, me miré en el espejo, decidí que era suficiente, y salí disparado hacia la puerta. Las llaves. Casi me iba sin ellas.
Volví a la habitación y, tras unos minutos de nervios buscando entre tanto desorden, aparecieron en el suelo, entre unos papeles desparramados y manchados por la taza de café del día anterior. Mi habitación, más que un caos por falta de orden, es a veces un ecosistema vivo. Me quedé bloqueado un instante. Reaccioné y salí disparado hacia el trabajo, sin la más ligera idea de lo que me esperaba.
Mientras conducía, la cabeza no paraba de darle vueltas a mi situación: tercer empleo en menos de un año y llegando tarde otra vez. En los anteriores, mis jefes ya me habían dicho lo mismo. Básicamente, que era un desastre. Por regla general, la gente habla sin tener ni idea, y esos idiotas no iban a ser menos.
A punto de llegar, y tras un trayecto en el que casi estrello el coche por las prisas, me encuentro con la calle cortada y tengo que frenar en seco. Unos trabajadores se mueven de un lado a otro portando señales de tráfico a cámara lenta; otros permanecen de pie, inmóviles, más pendientes de hablar que de hacer fluir el tráfico. Manda huevos.
—¡¿Qué son, funcionarios?! —grito nervioso, golpeando el volante—. Siempre tiene que pasarme algo.
Tras verme obligado a dar dos vueltas de más, llegué y aparqué en el área de empleados.
Otras “maravillosas” ocho horas de jornada me esperaban, rodeado de gente “simpática” e “inteligente”. Nada más entrar, vi a Francisco, mi encargado, a lo lejos, con el pecho inflado cual paloma y café en la mano, observando a los empleados como si se tratase del Gran Hermano.
—¿Otra vez tarde? —dijo, con su asqueroso tono de siempre—. ¿Qué excusa pondrás hoy? ¿Se te olvidó que tienes un horario que cumplir?
—Lo siento, he pinchado un neumático —contesté en acto reflejo. A veces miento con una naturalidad pasmosa, pero no por maldad, sino porque me obligan las circunstancias.
—¿Y tardas media hora en cambiarlo? —replicó, saboreando cada una de sus palabras.
—Bueno, ya he dicho que lo siento. Me voy a cambiar la ropa y así no perdemos más el tiempo —le respondí con el único fin de quitármelo de encima.
Qué asco me daba ese tío. De verdad. Se creía por encima de todos, cual señor feudal frente a simples vasallos. Como si él no llegara nunca tarde a trabajar. Lo que pasaba es que no tenía a nadie vigilando cada uno de sus pasos.
El día transcurrió como de costumbre, aguantando a toda la caterva de falsos que reían todas las gracias a los jefes poniendo sus mejores caras y, a la vez, por detrás los ponían a parir, en esas típicas coreografías de lealtades fingidas donde gana el que sabe esperar al mejor momento para dar la puñalada; a Francisco y sus acólitos, y el insoportable aburrimiento de tener que realizar cada día la misma tarea una y otra vez.
Cuando dieron las tres y sonó la sirena indicando el final de la jornada, suspiré de alivio.
Por fin. O al menos eso pensaba, porque, mientras me dirigía a los vestuarios, escuché a Francisco gritar mi nombre.
—Buenas —le respondí.
—Pásate por la oficina antes de irte —me dijo el tío sin ni siquiera responder al saludo.
Tragué saliva.
Ya me veía de nuevo en la calle, con la charla en casa encima. Subí las escaleras como un condenado a muerte rumbo a la sala de ejecución y, al entrar, me recibió con una media sonrisa.
—Siéntate, Carlos. ¿Cómo ha ido la jornada? —me preguntó sin esforzarse en simular un genuino interés.
—Bien, muy bien, gracias. Cada día que pasa me siento más adaptado.
—Me alegra oír eso, pero… —entonces se detuvo, como si le costara encontrar las palabras—. La verdad es que no hemos visto esa adaptación de la que hablas. Constantes retrasos, quejas de tus compañeros… ¿Qué hacemos? Porque ya termina el periodo de prueba.
¿Qué qué hacemos?, pensé. Como si mi opinión allí valiese de algo.
—No sé… —dije tímidamente—. Seguro que en pocos días ya estoy al ritmo del resto. Y respecto a los retrasos, hoy no ha sido mi culpa; ya te he dicho que pinché una rueda —le insistí, de lo más natural pese a estar mintiéndole a la cara, mientras él mantenía una falsa mirada de empatía.
Pensé en decirle algo más e intentar razonar, pero ¿para qué? Los jefes nunca escuchan.
—Lo siento, pero la decisión está tomada —me dijo, quedándose tan pancho.
Podría haber empezado por ahí y haberme ahorrado tanto rollo.
—Te llamaremos en unos días para que vengas a recoger el finiquito.
De repente me invadió una tristeza enorme, tan fuerte que tuve que oponer resistencia para no ceder al llanto. No quería darle el placer de ver cuánto me podían llegar a afectar según qué palabras. Sentí una presión dolorosa en la garganta que, al tragar saliva, se volvía como lava quemándome por dentro.
Demasiadas veces las mismas palabras. Demasiadas excusas y andar por las ramas. Pero me contuve y conseguí no darle el gusto de verme derrumbarme.
—Vale. Pues gracias —y, antes de salir, no sé cómo ni por qué, le solté—. Adiós, Pato.

