Viva la vida
El trabajo lo protegía de los recuerdos. El viernes se los devolvía todos.
Eran casi las siete de la tarde cuando Antonio llegó a casa. Se quitó la chaqueta y la lanzó al sofá, fue a la cocina, abrió la nevera y cogió una cerveza. Ya era viernes y tenía todo el fin de semana por delante, algo que, lejos de alegrarle, le amargaba.
El trabajo se había convertido en un escape para él. Un lugar en el que no pensar. En el que se protegía de los recuerdos, los buenos, esos que tanta nostalgia le provocaban y los malos, que le llenaban de ira.
Se dirigió al sofá y se sentó al lado de la chaqueta mientras daba otro sorbo a la cerveza. Pensó en ella. Hacía un año que se había marchado y nunca se había sentido tan solo. No habían podido superar la pérdida de su hija. Recordó cómo fue al supermercado con ella.
Eva iba sentada en el carro, tarareando las canciones del hilo musical y pidiéndole que jugara con ella. Cogía carrerilla y corría para frenar en seco. Ella reía y pedía más.
Cuando terminó y se dirigía a pagar, se dio cuenta de que había olvidado la tarjeta. Tras unos segundos buscando efectivo, volvió a mirar y ya no estaba.
Tras meses de búsqueda, la policía dejó de buscarla. Ella, en un principio, no lo culpó, pero con el paso de los días, de las semanas, en cada discusión le recordaba que podía haber estado más atento. Que siempre fue muy despistado.
Él le recriminaba que ya sabía cómo era cuando decidió tener un hijo con él. Reproches y más reproches. Siempre las mismas palabras, hasta que los gritos dieron paso a la indiferencia.
No la culpaba. A él mismo sí.
Nunca dejó de hacerlo. Pensaba en Eva, su hija. Tenía cinco años y era rubia con los ojos azules, como su madre. Siempre decía que era una suerte que se pareciera a ella y no a él.
Pensó en el primer día que la llevó al colegio. Estaba asustada, aunque apretaba las asas de su mochila con las dos manos y miraba al frente como si nada. Le gustaba mostrarse como alguien más mayor de lo que era.
—¿Llevas todo?
—Sí, papi.
—¿Estás nerviosa?
Se quedó inmóvil por un instante y negó con la cabeza.
—Esa es mi niña.
Se le escapó una lágrima y se levantó para ir al frigorífico a por otra cerveza. Se la bebió en dos sorbos y fue a la chaqueta para coger el tabaco. Se le había terminado.
Bajó las escaleras y se puso a caminar en dirección al primer bar que encontrara. Entró, echó las monedas en la máquina expendedora y seleccionó su marca. Salió, abrió la cajetilla, encendió un cigarro e inhaló despacio. Pensó en volver a casa, pero empezó a caminar sin rumbo mientras más imágenes iban a su cabeza.
Era ya tarde, pero no quería regresar. Entró en un bar y se sentó en la barra.
Estaba casi vacío. El dependiente se le acercó enseguida.
—Un whisky.
Se lo bebió de un trago.
—Ponme otro.
Se fijó en la música que estaba sonando. Era Viva la vida, de Coldplay. Le recordó a Eva. Ella siempre la tarareaba. Pensó en el título de la canción. Viva la vida, se dijo, mientras se bebía de un trago el segundo whisky. Qué ironía, pensó
.
En algunos momentos de su vida sí había pensado que vivir merecía la pena. Sobre todo mientras estaba Eva. Ahora ya no recordaba qué era vivir con ese sentimiento.
Dejó un billete de valor varias veces superior a lo que debía y salió del bar.
Caminó de vuelta a casa sin prisas. Pensativo. Pasó por delante de un grupo de jóvenes bebidos. Gritos, risas. Le recordó a sus años de adolescente. Todo pasaba dejando un poso amargo.
Cuando llegó al portal, introdujo lentamente la llave, subió las escaleras y abrió la puerta de casa.
Se dirigió a una de las habitaciones. Abrió el cajón de la mesita. Antes de coger la pistola, sacó la cartera del bolsillo y buscó la foto de Eva que guardaba dentro.
Se quedó mirándola por un instante, como si todavía pudiera pedirle perdón.
Luego cerró los ojos.
Entonces, cogió la pistola y se la puso en la sien.


